viernes, abril 21, 2006

Yo también Julio, yo también...





Dedicado a mi amigo Julio, que dispara ideas hasta cuando camina.


Yo también aborrezco las sombras
...y la discordia que se desprende de la injusticia
y todas las clases de timbres
y la gente que anda nerviosa de mañana.

Aborrezco profundamente
las voces agudas
los exabruptos
la ansiedad
la gélida impiedad
los corazones sordomudos
y los trabalenguas
que intrigan tremendas tramas.


Aborrezco el cansancio que produce la cosa estéril
la disputa por nada o por todo
¡qué va!
la disputa es lo que aborrezco.

Prefiero quitarme las cuerdas
prefiero, tragarme el altavoz
que se adentre ahí
donde alguien, al menos alguien, me responda
y me convenza
de que hay algo más gutural
o más desagradable y preciso,
que el dolor de sabernos
un pedazo de carne
y solamente eso,
carne, sin Dios.

Finalmente deseo
despertar en un silencio absoluto
y volver a dormir
sólo unos segundos
para corroborar que el silencio y el sueño
tienen esos cuerpos que ningún cirujano logra.
Y deseo, hondamente
aprender a tolerar
para hacer de mi vida
la herencia más preciada.

Porque también aborrezco la quietud
de aquel lugar
donde no hay obra ni ciencia ni sabiduría...

martes, abril 18, 2006

Yo no opero en las sombras

Yo no opero en las sombras
no doy a cada uno lo suyo,
doy, a cada uno lo mío.
No robo del vino de mi amigo,
comparto con él hasta el bostezo.
Firmo cartas de amor
que luego abandono en los cajones
de lo inmenso.
Como inmenso es el sentir de ese amor
caprichoso.



Creo que si alguna vez fui otro,
no habré sido más que un hombre
que daba de beber a peregrinos.
No un príncipe, ni poeta, ni burgués gentilhombre.
Sino aquel, que simplemente,
daba de beber a peregrinos.
Creo que mientras tanto, esperaba,
soñaba con rever algunas leyes
del universo.
Tales como eliminar la discordia,
y tratar con más ternura
las cosas inmutables,
las piedras que no hablan.
Pero son mudos testigos.

Yo, no soy amigo de lo ajeno,
no busco más que otro
ni extraño más que otro
el necesario pan sobre la mesa.
Necesariamente pido lluvia,
de vez en cuando,
y por ahí, estío.

Para que nadie ande calzado
yo ando descalzo.
Y si alguno pasa, lo miro
nomás…, lo miro.
No entro en casas ajenas,
y respeto sumamente,
cuando alguien piensa
descabelladamente.


Yo no opero en las sombras,
tampoco me da miedo.
Si he de tropezar,
lo haré a la luz del día.
No querré quedarme
cuando parta.


Mientras tanto, mi contento
es dar consuelo a los que pasan.
Es dar de mí todo lo bueno,
porque nunca di a cada uno lo suyo,
siempre di a cada uno lo mío.

lunes, abril 10, 2006

Especulaciones sobre el ser


Iº.-
El cerebro humano no es limitado, pero es indudable que variables como la convivencia en sociedad (sea comunitaria, familiar, o interpersonal) afectan el sentido del conocimiento puro.
Lleno, entonces, de filtros o paredes, la actitud del cerebro se ve muy limitada o restringida cuando se le presenta un interrogante determinado, a veces, puede ser lo más banal, pero constituye un factor que no obtiene la respuesta adecuada.
La actitud de pensar, sobremanera abstracta, parte de premisas conocidas contiene un objeto sobre el cual se ha de pensar, un sujeto (el propio cognoscente), y está determinado por las leyes del pensamiento o físicas que se toman como inmutables en esa elaboración intelectual.
Cuando el objeto sometido al esfuerzo sobre el cual ha de girar la actividad cognoscente, es dificultoso, esto es, tiene un sinnúmero de interpretaciones, en sí mismo es prácticamente arcano o ya presumido, no puede ser demostrado conforme a las leyes de la experimentación o la lógica, la actividad intelectual cognoscitiva sobre ese objeto pasa a configurarse como de actitud subjetiva lo que perjudica notoriamente a la misma actividad intelectiva y no puede, si bien enfoca bien el objeto a conocer, definirla con exactitud.

IIº.-
En el caso del hombre, éste como ser pensante se enfrenta a variables egocéntricas o es parte del fenómeno centrífugo o centrípeto para ya saber qué es, quién es, y sobre todo para determinar la verdad de la principal duda sobre la cual gira la existencia toda: su naturaleza mortal o existencial, o su naturaleza inmortal o divina.
En el primero de esos casos, coexiste una persistencia experimental afincada en el raciocinio tan fuerte y demostrativa conforme a las leyes del pensamiento, que el ser pensante está frente a una certeza semiplena, a la cual debe en principio adherir y que paradójicamente debe destruir; es como si se partiera de la premisa mayor, para llegar a la conclusión pasando por la premisa menor. Pero, el interrogante es: ¿qué aferramiento tiene con las leyes del pensamiento o la lógica la premisa menor? Con lo que se perjudica el fenómeno del pensamiento abstracto y no se puede escapar de la primera de las premisas.
Magüer ello, si la aventura del pensamiento, devenida de la historia y en cabeza de otros seres pensantes, que partiendo de la ley del pensamiento que se denomina “inferencia” han concluído por lo menos en la existencia de esa premisa menor ante semejante esfuerzo, es posible abordar esta formidable realización cual es, por lo menos, contar con la existencia de la premisa menor y llegar a una conclusión seguida de cierta seguridad que supere el medio de la verdad total.
Entonces, el objeto del pensar especulativo abstracto es determinar si el ser humano es de ésta y para esta vida con lo cual al finiquitar su existencia esta es total, o por lo contrario, pervive hacia una existencia en la cual existe, pero no conforme a los cánones, parangones, etc., que le ofrece en vida este mundo que, esencialmente, reposa en un planeta con visos totales de habitabilidad siguiendo leyes de física, química, y de homeostasis total de vida/s, sino en un algo etéreo por llamarlo de alguna manera, o espiritual concepto aprehendido como el alma, por la propia e invariable experiencia humana íntima.

IIIº.-
Desde el nacer y hasta que el ser toma conciencia del “sí mismo” no parece existir el conflicto. El conflicto comienza con ese “sí mismo” esa noción que luego irá potencializándose o en decadencia, incluso, si las condiciones de vida del ser no dan pábulo a que sea precisamente eso: un ser pensante. En la originalidad de la rareza del ser pensante, coexiste una gran soledad, pues son pocos, y encima no tienen adherencia, sino dispersión. A través de libros, o publicaciones actualmente en Internet, se manifiestan. Raramente sus actitudes con respecto del objeto a conocer son abiertas, predomina lo maniqueo: el sí o el no, sin otra explicación que las derivadas de una posición tomada. Con lo cual si se piensa acerca de lo abstracto, sin libertad de aceptar una premisa contraria a la que ya tenía tomada el ser pensante, esto es más traducible en negativo que el mismo proceso de pensar.
Acerca de la premisa mayor: soy porque existo, existo porque sufro todos los procesos de la existencia, interiores y exteriores. Cartesiano: pienso luego existo, sería la síntesis. Y existen leyes invariables del pensamiento.
Entonces, si busco conocer desde lo abstracto, tengo que llegar a lo experimentable o lógico.
La primera premisa mayor, entonces, es la que a priori triunfa.
Puesto que la premisa menor no puede ser definida fácilmente. En síntesis reposa sobre la fe (convicción, confianza, esperanza, certidumbre íntima, etc.), pero es un paralogismo racional, es argumentativo.
De allí que hay que recurrir a un elemento – por lo menos- constitutivo de esa premisa menor. La historia del ser.

IVº.-
En la más tierna infancia del ser coexistió con él la abstracteidad del más allá de la vida en esta tierra. Pasando por el animismo, hasta llegar a lo que hoy se entiende por fenómeno mágico o religioso estructurado y hasta normado.
Sea animismo, sea un fenómeno estructurado, pasado por el tamíz de los años, por una cierta percepción de la realidad intuitiva del alma y del espíritu trascendente, esto demuestra que el ser tiene un mundo interior. Un mundo que va más allá de la lógica que realiza todos los fenómenos del planeta, del mismo elemento cosmos, o de las partículas atómicas, subatómicas, y hasta las teorías cuánticas más avanzadas.
Lo extraño con respecto de la evolución tecnológica de la especie, es que ese “sí mismo” interior, siempre es inalterable con respecto a dos elementos: alma y espíritu.
Elementos que generan los basamentos de la ultraexistencia, o por lo menos de la existencia de un Ser Superior que domina de lindes a lindes la supra, sobre y sub existencia del ser. Algún concierto de elementos de lógica primitiva determinan en el ser la concretidad de esta fórmula abstracta.
Por ejemplo, la “certeza” de Santo Agustín (Confesiones) es una variable ilógica pero perceptiva, intuitiva. Así, dice: “Conózcate yo, conocedor mío, conózcate yo, como tu me conoces a mí” “Tú eres la fuerza de mi alma: entra en ella y adáptala a ti para que la tengas y poseas sin mancha ni arruga” “Esta es mi esperanza y por eso hablo” “Yo no dudo, Señor, de que mi amor por ti es cierto. Tu palabra atravesó mi corazón y te amé. Y todo lo que me rodea – el cielo, la tierra y cuanto en ella contiene- me están diciendo que te ame”.
Vemos como el doctor de la iglesia católica apostólica romana, San Agustín, se empeña más en forzar el encuentro con el que denomina “Creador” pues, en principio dice que quiere conocerlo, y otorga la prerrogativa de terminar con la duda suya al hacerlo conocedor de su persona. Efectivamente solo la fe lo mueve, puesto que dice “Yo no dudo” o “Esta es mi esperanza y por eso hablo” lo que confluye con un alto tenor de dogmatismo, intuye la existencia de –llamémosle- Dios por la misma existencia de la tierra cuanto contiene y cuanto otro fenómeno natural extraterráqueo exista en obvia alusión a la cosmografía estelar.
Ahora, ya más racional, trata Santo Tomás de Aquino el tema. Da las cinco razones por las cuales existe el Dios. Pueden sintetizarse de la siguiente manera: 1.- el mundo es eterno (hay que ver a qué mundo se refiere, pues si solo se trata de nuestro habitat la tierra, está conminada ya a cien o años más o menos a no albergar forma de vida alguna…); 2.- el alma individual de cada hombre no es inmortal. sino corruptible y perecedera. Sólo el entendimiento, común a todos los hombres, es inmortal. Y negar la inmortalidad del alma supone tirar por tierra toda la doctrina cristiana de la salvación. Esta aserción, a más de ser dogmática, no toma en cuenta que no todos los seres tienen entendimiento, en todo caso es un entendimiento racional y terrenal, se referirá al entendimiento intuitivo que citaba más arriba?. 3.- . Existen dos verdades: la teológica -fe- y la filosófica -razón-. De este modo podían conciliarse tesis opuestas sobre el alma, p. ej.: una es verdad desde la fe, y otra lo es desde la razón. Esto no me parece muy conciliable….; quizás en la época en que Santo Tomás vivió hayan sido conciliables la razón y la filosofía con la teología, por imposición bajo pena de muerte, destierro, cárcel, o lo que se llama la verdad absoluta de la Institución religiosa imperante cuando escribía.
Ahora bien Santo Tomás era Aristotélico, y siendo así, se ceñía en un todo a esa corriente de pensamiento.
Así: su aristotelismo: a. Respecto a la eternidad del mundo, se movió entre dos aguas y sostuvo que el sistema aristotélico no implicaba necesariamente la eternidad del mundo ni el concepto cristiano de creación excluía la posibilidad de que el mundo fuera eterno: puede ser eterno y creado. b. Respecto a la inmortalidad del alma, Aquino entendió que el entendimiento inmortal del que Aristóteles habló no es único para todos los hombres, sino que se trataba de la facultad superior del alma, y ésta es inmortal. c. Y en cuanto a la doble verdad, resultaba innecesaria una vez solucionados los problemas que planteaban las dos tesis anteriores. Pero la criticó por considerarla inadmisible…
De todo ello, allega a las tesis fundamentales:
Se estructuran de este modo: a. Teoría aristotélica del movimiento: se define el movimiento como «paso de potencia a acto», siempre por la acción de algo que ya esté en acto. Dos tipos de movimiento: cambio sustancial -generación y corrupción- y cambio accidental -cuantitativo, cualitativo y local. b. Composición hilemórfica de las sustancias naturales: todo objeto natural está compuesto de materia y forma. c. Distinción entre sustancia y accidentes. d. Teoría de las cuatro causas: material, formal, eficiente y final (e interpretación teleológica de la naturaleza).
Con ser en apariencia muy serias las concepciones que conllevan una esencia de método lógico, a poco de ver o entran en contradicción, o son muy ambiciosas con respecto de probar el fenómeno divino, ignorando que, si viviese en esta época habría encontrado una razón y la experimentación de cada uno de esos asertos, apodícticos pero por convicción, (volvemos al problema de la fe).
Desde el punto de vista de dejar de lado, el eje central de toda religión que es la fe, creo personalmente que el temor es el residente de la convicción de la existencia de Dios, y por consiguiente de la ultravida. Adhiero más que los apotegmas teológicos (no filosóficos) de Aristóteles, como tales, y no a la demostrabilidad de sus apotegmas.
El fenómeno del temor por el cual se cree (otra especie de fe) pero más intuitiva, deviene paradójicamente de los existencialistas con Schopenhauer a la cabeza: “El hombre no comprende que siendo algo tan valioso para sí mismo, perezca del todo, y sabe que no hay modo alguno de librarse de su nada cuando la muerte acontezca”.
Esta fórmula antitética, es complementada por la razón, y puede ser la premisa menor.

La no comprensión de la mortalidad humana, definitiva, es lo que provoca la duda abismal, pero a la vez alimentada por una certeza de fuente intuitiva subsidiaria que plantea esta aserción: que no hay modo alguno de librarse de su nada, pero que tiene conciencia o “sí mismo” de su valor intrínseco, comprendiendo ello la facultad de conocer kantiana, el saber quién se es, por lo menos, y lo valioso que para sí (ego) contiene el ser. En religiones orientales la supresión del ego es en lo que consiste el fenómeno de la unión con Dios, pero ello no acontece en occidente. Tampoco en la rica cultura indígena de los Aztecas o Mayas, donde la sangre revestía una fundamental importancia: era la energía del Dios o dioses que fecundaban al Dios del hombre que era la tierra misma, con fenómenos anímicos como derivados de la propia naturaleza.
Pero, así se trate de San Agustín y su ánimo por ser conocido y conocer a Dios, fe mediante; como a tratar de demostrar desde el punto de vista aristotélico diagramando una base fenomenológica la existencia de Dios, pasando por la duda existencial, o las culturas indígenas, de mayor o menor grado pero todas coincidentes, todavía no puede estructurarse una premisa menor que nos lleve a una conclusión silogística.

Vº.-
La única proposición válida que se me antoja, para estructurar esta premisa menor, sin alterar la sustancia de la mayor, es que Dios existe dentro de un campo intuitivo no probable pero convictivo; en cuanto a la fenomenología, la existencia de fenómenos que quiebran ciertas leyes físicas o naturales (llamadas milagros) y estudiadas estadísticas y desapasionadamente, llevan a creer en la sucesión de estos fenómenos anormales. Es decir, la existencia de Dios se comprueba o se sostiene mediante este tipo de fenómenos, que son omnicomprensivos a todos los seres humanos como experiencia no importa su condición, y que todos, en algún sector de la vida misma hemos experimentado. Como el origen de la quiebra de una ley como la de causa-efecto, no es explicable por el carácter apodíctico del mismo fenómeno, creo que esa es la premisa menor que puede llevar a una conclusión.
Si fuese así, deberíamos efectuar la siguiente proposición: a.- Premisa Mayor: Si no estoy seguro de la existencia de Dios, y no tiene explicación lógica y comprobable, Dios no existe.- Premisa menor: Si esa inseguridad no es la base de la creencia sino la fenomenología contraria a las leyes de la naturaleza, acaecidas alguna vez dentro del mundo físico Dios existe.- Conclusión: Dios existe porque las leyes físicas y naturales no son una constante lineal, sino universal, y manifiestan rupturas no espontáneas que conllevan en este estadio del conocimiento humano a considerar como determinativo que dichas excepciones a la regla, (toda excepción a la regla confirma la existencia de la regla) sean las que precisamente determinan el objeto conocido: sí existe Dios, porque rompe el mismo esquema de conocimiento humano y rompe sus propias aparentemente inmutables, leyes físicas, etc. En algún momento y conforme a todos los seres humanos del planeta (universalidad del concepto).-
Fuera de ello, no puedo imaginarme otra forma de razonamiento y método científico que sea capaz de zanjar el interrogante. No creo en la teoría del entendimiento aristotélico y por ende de Santo Tomás, ¿acaso un loco tiene “entendimiento”? un sujeto alcoholizado y drogado en estado anormal de conciencia lo tiene? El mero movimiento en que se funda Santo Tomás de Aquino me parece desde el punto de vista científico, anacrónico y poco valedero para demostrar nada menos que la materia objeto de conocimiento. Y por ende, acudo al principio de universalidad: el grado de certeza total, no existe. Por el principio de incertidumbre. Por ende, la máxima probabilidad es lo que más se asemeja a la certeza, siendo así, cada ser humano en la tierra ha visto, o ha sentido algún tipo de fenómeno anormal en sí mismo, o en el exterior, que quiebra leyes de la lógica, la física, o el pensamiento. Sin importar ni tener en consideración círculos sociales, culturales, etc; si ello es así, solo puedo considerar la existencia de un Creador que viola en un determinado momento del principio del movimiento (tiempo) su propia ley física o química. Por aquello que la excepción confirma la regla y con respecto de este tipo de reglas, el más circunspecto pensador, está de acuerdo en que es constante lineal y universal y no puede ser quebrada ni por un solo instante, la demostración de que ello sucedió o sucede, o sucederá estadísticamente verificada, es la base de la conclusión.-
Si a ello se le acompaña que cada ser humano siente “algo” que escapa al “sí mismo” interior, o “consciencia” de algo ignorado (espíritu, alma, etc.,) se ahonda la certeza en la creencia de un Ser Superior que obviamente no tiene forma ni tampoco puede ser visto de algún punto de vista antropomórfico.
Es importante abandonar como objeto intelectivo del conocimiento la palabra fe, por su imprecisión. No así el campo de la fenomenología, ni tampoco del conocimiento kantiano, y sobre todo el de las leyes de la física que rige nuestro planeta, y, ¿el Universo? Lo que está librado al arbitrio entonces, es precisamente la certeza de la existencia de un Ser Superior Creador de todo lo conocido y lo desconocido y este arbitrio debe ser visto o sentido alguna vez por todos nosotros (universalidad).-